lunes, 11 de noviembre de 2013

Mis primas y yo.

Desde que era pequeña sabía de la existencia de mis primas que nunca había visto. En aquellos tiempos, mis compañeros de clase hablaban de sus comidas familiares con sus primos donde se lo pasaban muy bien, y yo también quería vivir esa sensación.
Cuando fui un poc más mayor supe que antes de que se fueran a vivir en las afueras de la ciudad, habían vivido en la misma calle que yo, pero por un cúmulo de razones se mudaron.
Al principio, mi madre y mi tío se llevaban bien, pero entre la distancia y problemas familiares perdieron el contacto.
Una tarde de verano, estaba mirando la televisión cuando el teléfono sonó. Mi madre estuvo un buen rato colgada en él. Cuando terminó me dijo que vendría visita, pero no me dijo quién.
Cuando escuché el timbre fui a abrir la puerta, y al ver a dos niñas y una mujer desconocidas quería cerrarla, pero en cuánto mi tía me dijo quién eran no supe reaccionar. Fue un cúmulo de sensaciones: sorpresa, felicidad, inseguridad, nerviosismo...
Con mi prima mayor, al principio era incómodo ya que desconocíamos la vida de una y la otra.
Ante mí, estaba mi prima, la persona que había reclamado tantas veces a mi madre. Era baja, morena de piel y cabello, y también de ojos oscuros que reflejaban seguridad en sí misma.
En el transcurso de la tarde, la situación mejoró mucho. Hablamos un poco de nuestras vidas, jugamos con mi prima menor y nos fuimos cogiendo confianza.
Esa tarde siempre me quedará marcada porque fue el incio de nuestra relación y siempre estaré feliz de que ocurriera.